La estafa permitida de las estancias de investigación virtuales

La perspectiva es fundamental para el profesor universitario y las vías habituales para obtenerla son investigar, leer, relacionarse con colegas, reflexionar y viajar. Cuanta más diversas son las lecturas, las relaciones, los viajes, más perspectiva se obtiene de una realidad que es compleja; multidisciplinar, global, cambiante…  Las estancias académicas son un gran enriquecimiento para el académico, pues incluyen la perspectiva de la distancia, invitan a conocer colegas que desde diferentes geografías y disciplinas estudian la realidad e incluso permite acceder a fondos bibliográficos diferentes a los conocidos. El único problema de las estancias es que cuestan tiempo, dinero, suelen ser incómodas y además te tienes que ausentar de tu hogar durante un periodo de tiempo significativo. Cuando Cajal dirigía la Junta de Ampliación de Estudios, recomendaba que los investigadores que obtuviesen becas para ir al extranjero fuesen personas maduras, a poder ser casadas, pues quería seriedad y dejar buena imagen en las instituciones receptoras.

La pandemia ha afectado a las estancias universitarias, limitando la colaboración internacional, anulando estancias previstas y alargando las estadías de muchos investigadores que han visto como no podían regresar a sus lugares de origen hasta unos meses después de lo previsto. Tampoco es para tanto si pensamos que Malinowski tuvo que quedarse en Papúa Nueva Guinea varios años viviendo entre indígenas hasta el fin de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, a un colectivo universitario le ha afectado especialmente, al de los doctorandos que tenían planificada su tesis y que necesitaban hacer tres meses de estancia si querían obtener el certificado de Tesis Internacional. ¿Qué es eso de la tesis internacional y qué importancia tiene?

Hace tiempo, en el año 2005, surgió la Mención de Tesis Europea (posteriormente Mención Internacional) como un complemento a la tesis doctoral (R.D. 56/2005) en el contexto de la integración al Espacio Europeo de Educación Superior (Proceso de Bolonia). Se trata de un añadido a la tesis doctoral que se obtiene si el doctorando realiza una estancia investigadora de tres meses o más en una universidad europea (posteriormente se amplió al resto del mundo) y si además defiende parte de la tesis en otro idioma aparte del español. Con ello, se pretendía aumentar la movilidad y colaboración entre universidades europeas y por supuesto que los jóvenes doctores se sumergiesen en realidades académicas diferentes, aprendiesen y consolidasen otros idiomas, ampliasen su capital académico y obtuviesen perspectiva. El fin teleológico era mejorar la calidad de las tesis, puesto que el sistema se demostraba (y demuestra) incapaz de filtrar las tesis de mala calidad. Pocos años antes, un informe avisaba que el 92% de las tesis obtenían la máxima distinción; Sobresaliente Cum Laude. Como incentivo a la obtención del mérito europeo, este se tendría en cuenta en la concesión del premio extraordinario o en la baremación de plazas docentes. Por ejemplo, en plazas de Ayudante Doctor tener un sobresaliente Cum Laude es valorado con un 6 y si la tesis además posee la mención europea se obtienen 4 puntos más, lo cual es una diferencia significativa para competir por un puesto como profesor. Además, el número de alumnos egresados con tesis internacionales es un parámetro que se tiene en cuenta en la evaluación de los programas doctorales.

De hecho, el peso que tienen las estancias de investigación en la carrera académica es muy destacado, desde la mención internacional hasta las posteriores estancias postdoctorales. Uno de los méritos puntuables para obtener la cátedra es haber estado un año realizando una estancia en el extranjero. Por ello, el Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI) ha pedido que en la baremación de las plazas universitarias no se les valorase comparativamente este apartado a los candidatos con discapacidad, al objeto de poder competir en igualdad. Una reclamación con toda lógica, pues muchas discapacidades conllevan una movilidad reducida, la dependencia de personas de auxilio o edificios adaptados, lo que dificulta e incluso imposibilita a buena parte de este colectivo esta práctica académica.

Y volviendo al asunto original, ¿cómo han resuelto las autoridades universitarias este problema sobrevenido? Pues creando una modalidad ilógica y contradictoria en sí, las estancias internacionales virtuales. La Secretaría General de Universidades emitió una comunicación dirigida a la Conferencia de Escuelas de Doctorado en fecha 12 de mayo de 2020 relativa a las estancias virtuales en los siguientes términos: “[…] la Comisión Académica del programa de doctorado de que se trate tiene competencia para valorar, y en su caso autorizar las estancias virtuales propuestas en cada caso por las universidades extranjeras de acogida de tal forma que se permita el cumplimiento del requisito de realización de actividades en las instituciones docentes o de investigación extranjeras, tanto a los doctorandos que debieron interrumpir su estancia regresando a nuestro país, como a aquellos que no han podido iniciarla por las limitaciones y dificultades de los desplazamientos, antes de que se agote el plazo máximo de permanencia en el programa de doctorado”. Esto es que el doctorando, desde su lugar de cuarentena, contacte con algún profesor de un centro extranjero que esté dispuesto a firmar que realizó una estancia no presencial por un tiempo predeterminado. Estancia no presencial, tócate las narices, pues la palabra estancia deriva de estar donde la presencialidad es condición indispensable.

De nuevo las autoridades académicas se empeñan en cambiar el sentido de la realidad, imagino que alguien habrá tocado a la puerta de la Real Academia de la Lengua para tratar de modificar el significado de estancia y del verbo estar como han intentado con el “lenguaje de género”. Es bochornoso, vergonzoso y denunciable que alguien que no se ha movido de su casa acumule en sus méritos estancias que no ha hecho, y especialmente deshonesto que sea el gobierno quien promueva esta estafa y la valide. ¿De veras es esta la única solución posible? De pronto se me ocurren varias. Quizás la más lógica hubiese sido que los doctorandos pudiesen realizar su estancia después de la defensa de la tesis (quizás en un plazo de dos años después del fin de la pandemia) y con posterioridad modificar esta mención en su título, igual que se modifica el título de doctor de una persona que al año recibe el premio extraordinario de doctorado.

Digo que es denunciable porque cualquiera que tenga que competir en un tribunal con personas que han hecho estancias virtuales se sentirá empujado a denunciar, y cualquier juez le daría la razón invalidando ese falso mérito. Viajar sólo se puede hacer con el cuerpo, hacerlo a través de los libros o internet es puro sentido metafórico. Viajar, se hace de cuerpo presente, porque además el sentido de reconocer este mérito son los beneficios que se obtiene de la experiencia de hacerlo. La estancia es una experiencia vital que se reconoce, no un papel. Quizás, lo más lamentable de todo esto no es la avalancha de solicitudes para hacer estancias virtuales, incluso por periodos superiores a los tres meses necesarios. Lo más lamentable es la certeza de que nuestras autoridades académicas tienen poco de lo primero y menos de lo segundo. Lo más terrible son las voces calladas, la complacencia en los vicerrectorados y programas de doctorado. Las universidades se han lanzado a tolerar y secundar este sinsentido que sólo perjudica la credibilidad de los centros y los sistemas que lo permiten, este no es un problema solamente español, muchas universidades extranjeras lo están permitiendo también.

Pero aún hay más, una universidad privada de Madrid ha lanzado un programa para atraer a investigadores a hacer estancias virtuales en sus centros, tanto predoctorales como postdoctorales. El único requisito para obtener la certificación es concluir la instancia virtual con un artículo en coautoría con algún profesor del claustro de la “universidad receptora”. Algo similar a lo que sucede en la recogida de la fresa en Huelva, y es pretender resolver con inmigrantes lo que la población claustral es incapaz de conseguir. ¿De qué sirve aumentar las exigencias a los profesores e instituciones universitarias si después se resuelven con papeles y no con hechos reales? ¿Y si yo, que colaboro frecuentemente con profesores de otros países, pido un certificado de tres meses de estancia virtual cada vez que publique un artículo con ellos? Probablemente, esto es lo que va a pasar en breve si no se pone freno a este sinsentido.

¿Qué respeto nos tendrán nuestros colegas extranjeros cuando les pidamos que nos firmen un certificado de estancia sin haber estado allí?  ¿Qué podemos esperar de esta generación de doctorandos a las que se les ha enseñado a buscar el camino fácil, ficticio y torcido en lugar de la virtud y el conocimiento?  El duro esfuerzo por hacer universales los estudios universitarios de nada sirve si la universidad deja de ser una institución decente.

Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay

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