Edición impresa tradicional, digital, bajo demanda y auto-sufragada. Cuatro modelos de edición de libros que requieren ser evaluados de manera diferente

Editorial: Bibliotecas. Anales de Investigación

Cómo citar: Repiso, R.; & Montero, J. (2019). Edición impresa tradicional, digital, bajo demanda y auto-sufragada. Cuatro modelos de edición de libros que requieren ser evaluados de manera diferente. Bibliotecas. Anales de Investigación; 15(2), 0-0.

Casi todas las semanas se publica algún estudio sobre evaluación de artículos y revistas. Con frecuencia abordan las oportunidades y amenazas que comporta un nuevo sistema de comunicación científica que se asienta y orienta en los soportes digitales: oportunidades que ofrecen las nuevas métricas (por ejemplo, las Altmetrics), amenazas como las revistas Predator (vinculadas a la digitalización de la edición) o la aparición del Pay to publish (que interfiere en la construcción por méritos de currículos). Esta primacía se justifica en la medida en que el “artículo en revista académica” constituye la referencia fundamental para la valoración de los resultados de investigación (en proyectos y en personas) en todas las áreas del conocimiento (aunque con distinta intensidad en cada país y especialidad). Pero el artículo (y algunos proceedings en algunas áreas) no es el único resultado de la actividad investigadora. Es más, en ciertas disciplinas (Artes, Humanidades, Derecho y algunas especialidades de Ciencias Sociales) el libro es el producto de mayor calidad, trascendencia (por su más amplia vida como referente y generador de citas) y permanencia. Y, sin embargo, apenas se abordan los problemas y oportunidades que la incidencia de la digitalización plantea en el mundo de la edición de libros. Este editorial quiere plantear algunas cuestiones que inciden directamente en cómo se evalúa la calidad de los libros y cómo los nuevos formatos y modelos de financiación que ofrece la digitalización en el universo editorial alteran los presupuestos que hasta ahora constituían sus cimientos.

La evaluación de la calidad de los libros académicos, como sucede con los artículos de revistas, también académicas, se realiza desde dos tipos de criterios. El primero podría denominarse reactivo: la evaluación tiene en cuenta los méritos que obtiene cada obra tras su publicación y distribución. Citando al evangelista más utilizado en sociología científica “por sus frutos los conoceréis”: Mt 7:16. Los indicadores para construir este criterio atienden a factores distintos, todos vinculados al efecto de la publicación, del contenido, aunque sea de modo secundario.

El primer grupo de ellas lo conforman los juicios de los especialistas. El de mayor trascendencia es la obtención de premios. En este caso el prestigio que se transfiere es el que esa distinción tuviera antes. Eso implica que un grupo de especialistas que han estudiado el libro (y otros muchos) deciden que es al menos tan bueno como los que recibieron con anterioridad tal distinción. Supone transferir a la nueva obra el prestigio de las pretéritas obras premiadas. Efectivamente, la valoración la realizan expertos y los jurados de las instituciones son los primeros interesados en mantener la buena consideración del galardón. Por otra parte, el último libro que se premia pasa a ser parte del acervo institucional. Un criterio no carente de limitaciones (como todos); pero de interés significativo indudable.

Otros indicadores, que necesariamente han de seguir a la publicación y a la lectura del texto por parte de especialistas, son las reseñas publicadas en medios culturales de gran o media difusión, así como en revistas académicas. En estas últimas no faltan las que indican expresamente que las reseñas de libros han de incluir necesariamente críticas a los que se traten. Quizá una precaución que detenga los intentos de campañas académicas acríticas organizadas por grupos, no ajenos a las tradiciones universitarias y en muchos casos afines al autor o a la editorial. Esta valoración por especialistas (el firmante de la reseña) avala igualmente los méritos del libro reseñado.

Otro indicador de este grupo de valoración por especialistas (el que mejor se presta a una traducción cuantitativa) es el número de citas recibidas. Esto le convierte en el “criterio estrella” en la práctica. La acción mágica del número, de la cuantificación, supera en la práctica las valoraciones que los especialistas más prestigiosos e imparciales hayan realizado. Para los evaluadores de méritos, las citas tienen la “ventaja” indudable de no exigirles más que contar y no comprometer un juicio propio ante otros que les pueden acusar de no ser especialistas en la materia que valoran. El control de estos “hipervínculos” fue, por otra parte, muy difícil en épocas anteriores: cada libro tenía diversas ediciones (si tenía éxito) y en diversas lenguas. Pero Google Scholar ha solucionado este problema con su sistema “universal” de control de citas que permiten al autor unificar ediciones.

El otro grupo de indicadores posteriores necesariamente a la publicación tiene un carácter más comercial que académico. Podrían denominarse simplemente editoriales. Constituyen, en general, indicios que hablan de un libro con buena (o mala) acogida entre el público al que van dirigidos: teóricamente especialista, aunque en el ámbito de las Artes, Humanidades y algunas Ciencias Sociales puedan tener un interés más amplio. El primer indicador que muestra la esperanza de los editores en la calidad del libro es el número de ejemplares que se imprimen de la primera edición. Esta previsión no suele ser infundada y está precedida de un proceso selectivo propio en la editorial. Un segundo indicador de este tipo es correlativo al anterior: la venta de ejemplares. Se puede argüir en contra que cuanto más especializado sea un producto de investigación más reducida sería la difusión. Pero en las áreas ya mencionadas caben perfectamente productos de investigación de interés amplio. Un ejemplo muy característico son las biografías de grandes personalidades, aunque no el único. De modo similar, y en la misma lógica, se han de valorar las repetidas ediciones o reimpresiones de los libros.

Un aspecto cualitativo de interés son las traducciones del libro: muestran el interés que despiertan más allá de las propias fronteras. Es indudable que se ha de atender al prestigio de la editorial del país ad quem y a que la traducción sea al inglés (la lengua franca de la ciencia actual) y en una editorial con distribución internacional bien establecida. Estas características convierten casi inmediatamente en internacional al libro traducido. Por cerrar este conjunto de indicadores vinculados al universo editorial más que al académico, la presencia del libro en bibliotecas universitarias y no universitarias conforma otro factor que se ha de considerar al evaluar la calidad de un libro. Su importancia es grande también: los procedimientos de incorporación a las bibliotecas exigen un proceso en el que las peticiones de los profesores (en el caso de las universitarias) tiene gran importancia. Si no, es la valoración de los bibliotecarios (también especialistas) la que avalaría el interés del libro que se suma a las estanterías y, sobre todo, a los catálogos.

El problema común de este tipo de criterios de evaluación es que exige tiempo, años, desde la publicación para que se puedan registrar los datos correspondientes. Sin embargo, muchos procesos evaluativos no pueden esperar tanto: ni los del personal investigador, que están vinculados a su carrera profesional académica; ni los de los proyectos desarrollados con financiación de entidades públicas, que lógicamente exigen control de resultados para valorar el cumplimiento de objetivos comprometidos. En la actualidad otro tipo de necesidades de las universidades han venido a agravar esta necesidad de resultados evaluables con prontitud: los rankings universitarios. Efectivamente se exige a sus académicos resultados en el apartado de investigación (que suele tener una incidencia alta en la valoración general de las instituciones) que reflejen las mejoras de año en año (al menos de ranking en ranking). Y este apremio se traslada fácilmente a las editoriales: tanto propias (de las universidades mismas) como ajenas. Todo este conjunto de dificultades ha exigido el atender a otros indicadores que no requieran tanto tiempo de espera.

El segundo tipo de indicadores de la calidad de un libro son aquellos que no exigen, propiamente, ni siquiera su edición. Y es en ellos donde se centran actualmente las polémicas sobre su validez. Este grupo asocia la calidad del trabajo al prestigio de la editorial, o la colección, donde se publica la obra. Así, un libro publicado en una buena editorial será bueno porque lo es la editorial. No suele repugnar a los académicos este principio (así, en general) porque rememora o evoca (no es igual ni muchísimo menos) al de las revistas.

Este principio tiene unas enormes ventajas para la evaluación: de hecho, un libro quedaría evaluado en cuanto la editorial autorizara (o se comprometiera a) su publicación. Ni siquiera esta haría bueno al libro: ya lo sería antes, con su aceptación. De hecho, ocurre así: muchas entidades evaluadoras aceptan la certificación de la editorial sobre la futura publicación como si esta ya se hubiera producido. El peso de este pre-juicio es tanto que cuando no se aceptan estos compromisos en las evaluaciones se especifica así en la convocatoria en cuestión. Si se mira con perspectiva histórica (en la época de la imprenta mecánica), no faltaron concursos y oposiciones a cátedras universitarias en España en que se aceptaron como méritos equivalentes a la publicación de un libro la presentación de las pruebas de imprenta. Como se ve, la confianza en las editoriales “de prestigio” está enraizada en el devenir evaluativo desde hace muchos años.

El planteamiento de asociar la calidad de un libro al de su editorial se basa en la consideración de los promedios de calidad de lo publicado hasta entonces y transfiere la calidad ganada por la editorial o colección a los libros que se publican en ella. El principio general es semejante al de los premios salvo por un aspecto de gran importancia: los premios se conceden normalmente a obras publicadas y juzgadas tras su venta al público. Esto pone a los especialistas que emiten su juicio ante la opinión pública que puede defender otra posición bien distinta y expresarlo. No ocurre lo mismo en los procesos editoriales internos. Esto no significa que sean sospechosos, sencillamente responden a otros criterios. Y hay que decir que durante decenios han funcionado muy bien. De hecho, este planteamiento de aceptar la calidad de la editorial como indicador de la calidad del libro que edita se basa en un contexto de edición tradicional que seguía principios bien fundados.

El primero de estos principios es que las editoriales de calidad tenían procesos de evaluación muy exigentes. Por eso puede decirse que existe cierta similitud entre las obras publicadas por una editorial (o en una colección): todas superaban procesos similares. También, las editoriales daban igualmente un tratamiento homogéneo a sus obras al difundirlas y promocionarlas, las incluían en los catálogos comerciales, repartían algunos ejemplares entre expertos, etc.

Luego, se ha de considerar que las editoriales invertían en asegurar la calidad de las obras. Era lógico porque se pretendía conseguir un mejor “producto” y eso se lograba al incorporar al proceso a profesionales del mundo editorial que enriquecían la obra con sus aportaciones: editores, ilustradores, correctores de estilo, etc., adaptaban el formato al contenido (tamaño, calidad del papel), buscaban prologuistas, etc. Como cualquier empresa, estas editoriales realizaban un riguroso proceso selectivo para obtener beneficios. Eso justificaba su inversión en pago de derechos, traducciones, edición, tirada y distribución, almacenamiento, pago a evaluadores, críticos, etc.

El minimizar riesgos implicaba realizar evaluaciones de profesionales propios y externos que certificaban la calidad de los trabajos y valoraban sus posibilidades de éxito en el mercado. Un procedimiento que además mejoraba los originales con las sugerencias de los especialistas que los autores incorporaban al texto en sucesivas versiones. En fin: la calidad de los libros la avalaba la continuidad de la editorial o colección y se traducía en la amplitud de su catálogo y en las reediciones. La evaluación de la calidad de las obras y su estudio de mercado es un proceso cuya principal finalidad estratégica era reducir el riesgo de realizar una mala inversión.

Hasta aquí el procedimiento de la edición tradicional que actualmente se mantiene en algunas editoriales (al menos en algunas colecciones de algunas editoriales académicas). Lo pertinente es cuestionar en qué medida la irrupción de lo digital en el mundo editorial no ha liquidado este proceso. Es clave, porque las evaluaciones de los libros han de fundamentarse en realidades y no en historias que pronto pueden llegar a ser ancestrales. La edición tradicional basaba su valor principalmente en una evaluación cuyo objeto era estudiar el efecto comercial de la publicación de una obra, pero no se puede presuponer nada de esto en las nuevas modalidades de edición.

El primer asunto que plantea la irrupción digital afecta al producto editorial mismo desde su materialidad: el libro digital no es el libro de papel. Sin entrar a valorar cada modalidad (asunto no baladí), la pregunta clave es si un libro digital está sujeto a los mismos procesos de evaluación editorial que uno que va a ser impreso[1]. Y la respuesta, incluso en la misma editorial, es que muy probablemente no. El libro digital ofrece muchas ventajas de accesibilidad y sostenibilidad medioambiental, esto es indiscutible, y también supone una menor inversión para las editoriales. La realidad, sin embargo, en los ámbitos hispanoparlantes, es que se identifica con libro gratuito. En consecuencia, aunque los costos de edición sean menores, ofrecen en la práctica menos oportunidad de negocio. En consecuencia, no compensan las inversiones en la calidad de la edición, especialmente en lo más oneroso que es la gestión: los procesos evaluativos y de mejora de los contenidos por la acción de especialistas. Obviamente no se incluyen en este apartado los libros que se editan en formato papel y digital a la vez.

Algo similar sucede con los libros de “impresión bajo demanda”. Es un formato muy útil para rescatar libros del olvido mediante una vía ajena al sistema comercial. Pero no es lo mismo con los libros de nueva creación. En este caso es señal de que la obra no ha logrado hacerse un hueco en los catálogos comerciales ni en las librerías. Pueden tener calidad, pero eso es ajeno a cualquier proceso que lo garantice: no hay seguridad alguna previa (que es lo que aporta una editorial de prestigio a un libro) de la solvencia del contenido del texto. El carácter empresarial de las editoriales justifica igualmente que no existan estos procesos que aseguren la calidad. Es más, su anulación e inexistencia en estos casos reduce costos iniciales y riesgos. Si, como sucede, estas operaciones van asociadas a ediciones autofinanciadas por los autores, la editorial ha conseguido ya su beneficio fundamental sin publicar el texto. La distribución carece de interés. Incluso las mejores editoriales tenderán a que estos productos no aparezcan siquiera en sus catálogos. Por otra parte, los autores realizarán (“invertirán”) los mínimos gastos para incluirlos en su currículo y a imprimir un número muy reducido de ejemplares (no suelen pasar de medio centenar casi nunca). Casi podría hablarse de ediciones clandestinas si no tuvieran ISBN. Sería sano identificar estas editoriales “predator” de libros, como OmniScriptum Publishing, conocida en España como Editorial Académica Española. No es desde luego la única.

La autofinanciación incide de manera preocupante en los méritos que ordenan en casi todos los países la carrera académica. Donde no llega el talento y el esfuerzo, puede llegar el dinero. Esta necesidad de la academia ha coincidido con una proliferación de editoriales centradas en satisfacer necesidades de quienes estén dispuestos a pagar; pero lo peor ha sido que muchas editoriales de prestigio han abierto esta línea de negocio: publican tiradas cortísimas, fuera de los catálogos oficiales, cuyos gastos financian los autores. Los “investigadores” tienen un libro publicado en una editorial del Scholarly Publishers Indicators (SPI) que les sirve para acreditarse u obtener un sexenio. Las editoriales sin necesidad de buscar autores o vender libros consiguen beneficios. La cuestión es cuánto tiempo podrán mantener la ficción de su prestigio basado en su historia y no en sus realidades actuales. Resulta lamentable para el universo de la academia que McGraw Hill, por poner un ejemplo de alcance internacional, “blanquee” las actas de un congreso y las publiquen como libro bajo su sello exclusivo, o en compañía de otras editoriales perfectamente desconocidas en cualquier base bibliográfica de prestigio. Este y otros ejemplos ponen de manifiesto la urgente necesidad de explicar cómo se valúan los trabajos publicados para justificar la actualización de su prestigio[2].

La incidencia de lo digital en el mundo editorial (libro digital, edición bajo demanda y autofinanciación de ediciones por los autores especialmente) y la profunda crisis y reconversión del sector han reducido la inversión editorial en las obras. Supone una notable merma de riesgos empresariales. El problema es que han dejado (en sus implicaciones académicas) de constituir una garantía de calidad del producto libro como resultado de investigación. Es decir, todos los presupuestos sobre la edición comercial de libros académicos desaparecen o se matizan enormemente. Mientras las bases de datos bibliográficas no garanticen que las editoriales indexadas aseguren unos mínimos en sus procesos de selección y mejora, habrá que poner casi todo en duda. Las grandes perjudicadas serán las editoriales que han mantenido sus estándares de exigencia en la selección y mejora de sus libros. Sin ir más lejos, SPI debería superar la etapa en la que los propios autores votan las mejores editoriales e incluir datos como los tipos de edición que practica cada editorial, la presencia en catálogos comerciales, etc.

Las editoriales universitarias líderes en producción científica (Cambridge, Chicago University Press…) no suelen tener problemas de este tipo; pero son rara avis. El común de editoriales universitarias se autodefinen como un servicio hacia la comunidad universitaria propia, sin afán de lucro como objetivo prioritario. Además, la mayoría tiene presupuestos muy limitados, especialmente las públicas. Por otra parte, la inversión se justifica sólo por los ejemplares y libros editados, aunque simplemente se almacenen en los sótanos de algún edificio vacío de estudiantes. Otro desagüe de fondos públicos teóricamente dedicados a la difusión de los resultados de investigación y un ítem más cumplimentado para que lo anoten los gestores de rankings. Mientras las editoriales universitarias no se planteen su actividad en parámetros distintos, podría ser más rentable dedicar sus fondos a generar en los medios de comunicación mejor imagen de sus universidades.

La universidad precisa establecer procesos para asegurar publicaciones de rigor, que faciliten la difusión de resultados de investigación y que ayuden a hacer de ella un motor de progreso. Cuentan con lo más difícil: especialistas en sus facultades para realizar estas tareas de selección y ayuda en la mejora de originales. Durante unos decenios convendría que las publicaciones de sus profesores no superaran un modesto porcentaje sobre el total (un 15%, por ejemplo) para asegurar su independencia y rigor. Esta vía podría llevar a las editoriales universitarias a sustituir a las hoy llamadas “de prestigio” en la medida en que sea necesario.

En resumen, se propone que en los procesos de evaluación de monografías se matice el valor atribuido a un libro según la modalidad editorial, digital, impresa, o impresa bajo demanda. Más urgente es eliminar de esos méritos las publicaciones autofinanciadas, cáncer de los proyectos de investigación en Ciencias Sociales y Humanidades, que ahora se consideran equiparables a la edición tradicional y que no hacen sino restar credibilidad y fondos al sistema y a los elementos implicados en su producción y evaluación; autores, universidades, editoriales y agencias de evaluación.

[1] No se va a considerar aquí todo un mundo exclusivo de la investigación que afecta de manera muy importante a las ediciones críticas (digitales) de autores literarios, porque tienen un tratamiento aparte en los procesos evaluativos de los resultados de investigación. Tampoco de los muy reducidos aún ejemplos de incorporación de enlaces que enriquecen los textos digitales sobre los impresos: que requerirán, en la medida en que se lleven a cabo y se extiendan al mundo académico. Hay que recordar que su incremento está actualmente limitado, además, por la gestión de los derechos de autor que conllevan muchas veces los enlaces.

[2] Hay además un problema añadido. Estos libros autofinanciados por los autores, en realidad suelen serlo con fondos públicos en última instancia, porque los fondos proceden con alguna frecuencia de fondos de proyectos de investigación competitivos (en muy diverso grado e intensidad). Otra modalidad muy extendida es la financiación con los fondos de las inscripciones de congresos, que incluyen en su oferta precisamente la publicación en editoriales o revistas de “prestigio” (en el último caso también de débil economía). Esto consigue el “milagro” de transformar una comunicación en un capítulo de libro o en un paper. Emplear fondos públicos en esta ingeniería editorial resta credibilidad a la investigación financiada, a los procesos de evaluación de este sistema y a los sistemas nacionales de investigación que los toleran.

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